Sería lo más lógico: escribir acerca del atentado que, de nuevo, nos recuerda que con asesinos no se puede negociar. Porque no negocian, no hay diálogo, hay imposiciones y exigencias a través de la violencia. Y eso, señores políticos y querido gobierno, no es negociar. Para que haya negocio, tiene que haber al menos dos partes (en este caso las hay) que quieran llegar a un acuerdo, que quieran dialogar y que escuchen. Aquí, no hay acuerdo que valga. No hay dialogo y menos aún hay voluntad de escuchar al de al lado.
Pero en este artículo no quería escribir sobre eso. Perdón. Intentaba hhacer un tímido homenaje (de esos que en estos días abundan) a los SIN ROSTRO. Los Sin Rostro son los valientes, los héroes, los que se atreven… Son esos que se juegan la vida, porque es su trabajo y su pasión, cada día por la mañana cuando se levantan, se visten su uniforme y salen al trabajo. Los sin rostro son aquellos que, como Raúl Centeno y Fernando Trapero, están vigilados hasta mientras desayunan. Los sin rostro son los que están obligados a no tener identidad, a que les desdibujen sus rostros en las fotos y en las imágenes de televisión por un “no vaya a ser que las próxima vez me cojan a mí…” A mí, o a mi madre, a mi hermano, a mis hijos, a mi mujer, a mi novia. Los sin rostro son los que se juegan la vida cada día, cada noche, para proteger al resto. Para velar por su seguridad. Están en el ojo del huracán y sólo salen a la palestra , es decir, son noticia, cuando pasan cosas como esta. Tragedias que no se pueden reparar.
Sólo se puede decir: gracias a vosotros, SIN ROSTRO.
